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¿Qué es el racismo?

El racismo es una forma de discriminación centrada en diferencias biológicas, reales o imaginarias, que se hacen extensivas a signos o indicadores culturales o religiosos. Constituye una ideología que apeló a la biología para establecer relaciones jerarquizadas de desigualdad entre grupos humanos.

Algunos autores han señalado que hay múltiples formas en que el racismo es manifestado y reconocido como tal y, por ese motivo, es que se podría hablar de muchos “racismos” en plural (Segato, 2006). Sin embargo, podemos distinguir de manera general, a un único fenómeno histórico surgido en el seno de la sociedad occidental y expandido al resto del mundo como ideología (Zaffaroni, 1997; Taguieff, 1998).

Como corriente de pensamiento, el racismo surgió en Occidente y tiene aproximadamente doscientos años desde su conformación, de ahí que se lo defina comúnmente como fenómeno de la modernidad.

Entendemos, por tanto, al racismo como un fenómeno fundamentalmente social y moderno, como un conjunto de ideologías, pre-conceptos, estereotipos y prejuicios que tienden a segmentar al conjunto humano en supuestos grupos que tendrían características comunes entre sí (y jerarquizables entre los distintos grupos), cuya explicación radicaría en una supuesta herencia genética. (INADI, 2005: 37)

Podemos incluso agudizar la definición y afirmar que el racismo moderno tiene una fuerte impronta europeísta, siendo que Europa occidental le dio origen en un contexto de expansionismo capitalista.

Aunque existen otros tipos de racismo en otras muchas partes del mundo, la forma de racismo más corriente e históricamente devastadora ha sido el racismo europeo contra los pueblos no europeos. (Van Dijk, 2007)

Comprendemos entonces a las distintas expresiones de racismo en nuestro país como resultado de la globalización e importación de paradigmas y valores racistas propios de la cultura occidental hegemónica impartida históricamente desde Europa.

Como fue mencionado en la introducción, podemos descomponer al racismo en diferentes dimensiones. La primera dimensión refiere a los mecanismos mentales que implican los prejuicios y estereotipos propios de la discriminación expuestos más arriba. En cuanto a los sentimientos, mencionamos especialmente la sensación de rechazo, miedo y amenaza, incluso odio 1. Otra dimensión es la de las actitudes racistas, entre las cuales señalamos como características a la intolerancia y la estigmatización (otro tipo de actitudes pueden ser de tipo opinión o creencia). Asimismo, las actitudes se ven plasmadas en el nivel de las prácticas discriminatorias, las cuales van desde el discurso, la indiferencia, los insultos, hasta las golpizas y matanzas.

Racismo y xenofobia

Es de suma relevancia hacer una precisión conceptual de la relación entre los términos “racismo” y “xenofobia”.

Muchos autores ubican, implícita o explícitamente, a la xenofobia como una forma de racismo (Wievorka, 1994; Zaffaroni, 1997; Van Dijk, 2007; Payne, 2008; Javaloy, 1994, entre otros) 2

La xenofobia, es decir, el desprecio, odio o rechazo hacia personas migrantes provenientes de otras naciones, no es indiferente ante los sujetos sobre los que se ejerce: no es con cualquier población migrante que se despiertan las olas de odio o desprecio social. Más bien, hay ciertos grupos de migrantes sobre quienes recae el rechazo y, justamente, esos grupos están marcados por el racismo de alguna manera (ya sea por rasgos físicos, o culturales, como la lengua o la religión).

En este sentido, vemos que la xenofobia comparte los mecanismos discriminatorios que caracterizan al racismo: las características socioculturales a partir de rasgos físicos y culturales sobre los que se construyen los prejuicios que crean el miedo y la sensación de amenaza, particularmente en el caso de la xenofobia. Por todo lo antedicho es que consideramos que, si bien se trata de conceptos diferentes, la xenofobia no puede ser entendida de manera acabada sin ser pensada junto al racismo.

A continuación veremos cómo el concepto de racismo ha ido evolucionando en relación con su significado. Previo a ello, consideramos importante caracterizar el discurso racista propiamente dicho, para luego abordarlo en su historicidad y diversas manifestaciones.

El discurso racista

Así, es posible que la inmigración sea tratada en términos de invasión, inundación, amenaza, o al menos, como un problema grave, en lugar de como una importante y necesaria contribución para la economía, la demografía o la diversidad cultural del país.

Teun Van Dijk, “El discurso racista”

El discurso racista es una práctica racista clave porque es la principal difusora de esta ideología tanto a nivel de las instituciones, como en la vida cotidiana. Varios autores han intentado describir la estructura que caracteriza el discurso racista. De manera general, podemos caracterizar el discurso racista en dos tipos 3:

Discurso hacia los Otros

El discurso racista hacia el grupo étnico o nacional discriminado suele expresarse de manera directa y explícita en insultos o groserías. Por otra parte, estas formas de discriminación verbal pueden cobrar modos más sutiles según los contextos y manifestarse en formas de indiferencia, como hacer caso omiso o interrumpir mientras la persona discriminada está hablando.

Discurso sobre los Otros

El discurso sobre el grupo étnico o nacional discriminado es aquel que se realiza entre los miembros del grupo dominante (es decir, el que imparte el poder y ejerce la discriminación).

Hay una lógica discursiva que a modo de fórmula está presente en todo discurso racista: la representación negativa de los otros y la autorepresentación positiva del nosotros. Es decir, el objetivo detrás del discurso racista parece estar en hablar mal del grupo discriminado, consolidando una imagen estereotipada y negativa y hablar bien del propio grupo, neutralizando toda mirada crítica o reflexiva posible que pudiera cuestionar este discurso. Así, un ejemplo sobresaliente es cuando en la redacción de las noticias de los diarios se utiliza estratégicamente la voz activa o la voz pasiva, la primera para destacar la autoría de un hecho negativo (“Dos bolivianos asaltaron un banco”), la segunda para omitir la autoría de un hecho negativo (“Un hombre Qom fue atropellado en la ruta”).

Un discurso aún más sutil es el llamado infraracismo (Wievorka, 1994). Se trata de un discurso muy cotidiano que se caracteriza por ser inconsciente. Es decir, la expresión es infraracista cuando esa característica identitaria es resaltada por encima de otras o mencionada de manera innecesaria, y comúnmente va relacionada en el discurso con una característica buena que viene a disimular el destacado racista del comentario: “¡Tengo un amigo judío!” o “Mi amigo es judío y es muy buena gente” o cuando alguien dice “¿Viste a mi amiga el otro día?” y la otra persona responde “¿Cuál? ¿La negra?”.

Finalmente, entendemos que todo discurso es más que palabras ya que tiene un soporte semiótico, es decir, signos visuales que contribuyen fuertemente a reforzar lo dicho o completar lo que las palabras no dicen pero sugieren. El recurso de mensajes no verbales es muy funcional para el discurso racista, ya que por ejemplo se ve validado por fotografías, películas, novelas, incluso musicalización de las noticias que intervienen en la formación de estereotipos y carga de connotación negativa a los grupos vulnerados.

Con estas estrategias discursivas, la ideología racista logra alcanzar efectos de verdad que se arraigan en el sentido común de una sociedad dando lugar a la reproducción de ideas discriminatorias.

Racismo biológico: la interpretación jerárquica de la humanidad

Como antecedente al racismo propiamente dicho, mencionamos al sistema esclavista impulsado desde Europa (principalmente, portugueses, holandeses e ingleses) durante los siglos XV a XIX que apeló al secuestro, traslado y explotación compulsiva de personas africanas que fueron tratadas como instrumentos de comercio. La mercantilización de los cuerpos, expresada en el sometimiento extremo de mano de obra esclava africana e indígena, es un antecedente representativo del paradigma de progreso que instituyó la asociación del color oscuro de la piel (el imaginario de “raza negra”) con lo negativo y al color claro de la piel (el imaginario de “raza blanca”) con lo positivo, delineando estructuras de poder.

La diferenciación de la humanidad en supuestas “razas humanas” se remonta al siglo XVIII con las primeras clasificaciones exhaustivas del mundo. Carlos Linneo, un botánico y zoólogo iluminista, estableció las primeras taxonomías sistemáticas del reino vegetal y animal, y brindó las primeras clasificaciones de grupos humanos con características culturalmente vagas al día de hoy (figuraban “el hombre con cola”, “el sátiro” y “el troglodita”, por dar algunos ejemplos). Luego, surgirían las clasificaciones según pertenencias geográficas asociadas a características de personalidad. En la misma época, el conde de Buffón fue el primero en hablar de “razas” humanas y fueron “explicadas” según el clima al que estaba referenciado cada grupo. Podemos afirmar que el racismo se encontraba latente en estas ideas.

El siglo XIX trajo consigo el auge del paradigma del evolucionismo cultural. Tomando la idea de “progreso” vigente desde la ilustración, el evolucionismo cultural fue el ordenamiento de las sociedades humanas existentes en “estadios” supuestos de la humanidad, caracterizados según el grado de desarrollo tecnológico. De esta manera, los estadios donde ubicar a cada sociedad estuvieron determinados por la mayor o menor presencia de la dimensión naturaleza o cultura en su desarrollo social, lo que diagnosticaba el grado de progreso en el que se encontraba (referenciada en el desarrollo tecnológico).

Si pensamos en una línea imaginaria cuya flecha apunta hacia un extremo, el punto de partida, valorado negativamente, correspondería a un estado primario de naturaleza, y el punto de llegada, valorado positivamente, sería un estado de máxima cultura. El “progreso” estaría expresado en esa flecha que se aleja de la naturaleza y avanza en pos de alcanzar mayor “perfección” cultural.

Esta idea, bajo un criterio de desarrollismo tecnológico y cultural ordenaba la evolución, y estaba signada por un movimiento unidireccionado hacia un solo destino evolutivo: el modelo de sociedad europea occidental como máximo ideal a alcanzar. Los pueblos no occidentales, como los pueblos indígenas y africanos, el pueblo árabe o el gitano, entre otros, fueron vistos como rudimentarios, cercanos a la “naturaleza”.

Así, fueron clasificados como “bárbaros” o “salvajes” los más lejanos a la propuesta de progreso europea, pueblos que por ello estaban supuestamente más cercanos a la naturaleza, asociada a la animalidad, la irracionalidad y la inmadurez, lo que justificaba por su parte, comportamientos paternalistas de conquista por parte de Europa en nombre de “la civilización”.

Aunque la idea de evolución ya reinaba en las teorías sociales de la época, el pasaje hacia la racialización fue posible por el triunfo del paradigma darwiniano sobre la evolución de las especies, donde una de las claves es la herencia biológica que opera como transmisor de lo que la selección natural favorece.

De esta forma, el paradigma darwiniano interpretado con el sesgo ideológico dominante fue extrapolado a lo social y vino a reforzar este racismo agazapado desde la Ilustración en la idea de progreso de las sociedades, ahora definitivamente en términos de evolución, biologizando los discursos.

Fue así que a partir del evolucionismo cultural se definió la idea de diferenciación racial por causa biológica, según la cual, a través de la herencia basada en la sangre como metáfora de la herencia genética, se transmitían las aptitudes culturales de cada grupo.

Resumiendo: en el siglo XIX el paradigma del evolucionismo cultural vino a asentar estas clasificaciones que dieron lugar a un ordenamiento de las sociedades en una línea de evolución cultural. A una diferenciación grupal –que no era otra cosa que una diferenciación cultural eurocentrada 4– se le asociaron características físicas, donde el contraste radical fue “lo blanco” europeo “civilizado” frente a “lo negro” africano “salvaje”.

Así, el evolucionismo cultural sirvió de trasfondo para la ideología de las “razas” humanas: diferencias físicas y sociales aparentemente transmitidas por herencia biológica, destacándose el color de la piel como principal rasgo clasificador. En un contexto claro de formación de los Estados-nación, y por consiguiente de construcción de discursos nacionalistas asociados al expansionismo capitalista europeo, el debate sobre las razas humanas cobró centralidad, dando lugar a clasificaciones jerárquicas queprincipalmente avalaban la superioridad de “la raza blanca” representada por Europa.

Racismo y construcción del Estado-nación argentino

Si bien cada caso es bastante peculiar, lo cierto es que ninguna idea de pluralidad de culturas dominó América Latina hasta años recientes y que los pueblos indígenas o afro fueron ocultados, aniquilados, marginados o nacionalmente reconvertidos sin participación ciudadana efectiva.
Alejandro Grimson, “Los límites de la cultura”

La construcción del Estado-nación argentino de finales del siglo XIX (1880-1910) implicó una postura selectiva y racista sobre la forma en que se conformaba la sociedad tanto a nivel cultural como a nivel poblacional. La conformación de la identidad nacional no estuvo lejos del paradigma eurocéntrico de la época, que apelaría cada vez más a la biología y a pensar estas divisiones en términos de “razas”.

Pensando en la República Argentina como una tierra desértica que debía ser ocupada, se promovió la inmigración internacional, idealmente proveniente de la Europa occidental, puesto que se consideraba que podrían importar valores, costumbres y educación de alta calidad propios del modelo de sociedad europeo “civilizado”. El férreo objetivo de fomentar la inmigración europea se plasmó por primera vez en el artículo 25 de nuestra Constitución Nacional. Más tarde, se sancionó la Ley de Inmigración y Colonización de 1876, conocida como “ley Avellaneda” mediante la cual se efectivizó la apertura a la inmigración. Contrariamente a los objetivos del entonces gobierno, la mayoría de los inmigrantes provenían de los países más empobrecidos de la cuenca mediterránea, siendo un 80% italianos/as y españoles/as.

Este fenómeno inmigratorio fue acompañado por otro proceso: la migración del campo a la ciudad por parte de la población nativa. Ambos fenómenos tuvieron como consecuencia la construcción de un espacio urbano que creció exponencialmente al mismo tiempo que se llenaba de cosmovisiones culturalmente diferentes, las traídas del mundo rural local y las que venían con los nuevos habitantes provenientes de otros lugares del mundo.

El criollismo fue el emergente cultural de esta tensión: la creación del gaucho como figura nostálgica que apelaba a lo nacional permitió simultáneamente la asimilación de las culturas extranjeras, la adaptación de los nativos rurales recién migrados a las ciudades y la serenidad de las clases dominantes ante aquellas prácticas culturales venidas de afuera que no coincidían exactamente con la idealización europeísta que imaginaron.

En este orden de cosas, la política del Estado hacia los inmigrantes europeos consistió en asimilar la identidad foránea a la nacional, en tanto se promovió la integración a través de las instituciones oficiales, principalmente la escuela, procurando el abandono de la lengua y tradiciones de los/as ciudadanos/as extranjeros.

En contraposición, la política del Estado hacia la población originaria y afrodescendiente tuvo por objetivo su aniquilamiento o invisibilización, evidenciando un Estado dispuesto a “blanquear” y “civilizar” su población. Bajo estas ideas, se encasillaba a los pueblos originarios y los/as afrodescendientes en un estadio de “evolución” muy primitivo, llamándolos “bárbaros” y “salvajes” en cada caso, quedando afuera del modelo de país y convirtiéndose en sujetos imposibles de asimilar para el ideal de ciudadano/a.

En el territorio nacional, habitaban en sus inicios numerosísimas sociedades indígenas muy diferentes entre sí 5 que fueron subsumidas a una sola palabra que las reunía ciegamente: “indios” fueron esas miles de personas que no valían para el modelo de país que se pretendía construir.

La llamada Conquista del Desierto de 1871 consistió en una campaña militar impulsada por el General Roca que implicó la matanza de miles de personas pertenecientes a los pueblos Tehuelche, Mapuche y Ranquel. La idea de “desierto” supone la idea de lugar no habitado, en el caso de la campaña de exterminio llevada a cabo, el “desierto” connotaba una mirada claramente etnocéntrica –criolla, europea– que no reconocía como poblado a los miles de seres humanos que de hecho habitaban la Patagonia.

Las campañas militares fueron políticas claves en el proceso de construcción del Estado-nación argentino. Tuvieron como objetivo alcanzar el dominio territorial, político y económico de tierras que hasta entonces estaban bajo control indígena. La ideología que acompañó esta política de conquista fue el paradigma importado de Europa de “civilización o barbarie”, sostenida por los intelectuales y políticos más reconocidos de la época como Domingo Faustino Sarmiento.

En relación con los/as afrodescendientes, es una población que padeció un fuerte proceso de invisibilización étnica y cultural. Con un pasado histórico de trata esclavista, fundamentalmente entre los siglos XVI y XIX, en que sus ancestros fueron brutalmente secuestrados y trasladados desde África con destino a Europa, América y Asia, los/as habitantes argentinos afrodescendientes fueron negados de la historia y la cultura oficial de nuestro país.

Crisol de razas

El concepto de crisol de razas, tan expandido en las instituciones educativas y culturales argentinas, surgió de la mano del sociólogo Gino Germani hacia fines de la década del ‘50. La idea de “crisol” procuraba cristalizar la repercusión de la gran ola inmigratoria a nivel social, económico y político en el proceso de constitución del Estado-nación argentino a principios del siglo XX. Germani eligió la metáfora de “crisol” que evoca la idea de fusión entre elementos.

Mientras que la teoría de crisol de razas se trató de una aproximación que hablaba de manera global e indiferenciada de “inmigrantes” (“que descendieron de los barcos”, como suele decirse), estudios posteriores sobre migraciones en Argentina refutaron la idea de “fusión ideal” ya que en los hechos, lejos de ello, se relevaron distintos patrones de integración según la pertenencia dando lugar a altos niveles de segregación y endogamia.

Ejemplo de este proceso de integración selectiva y exclusión ideológica es la Ley de Residencia sancionada en 1902 por el Congreso nacional con el fin de habilitar la expulsión de inmigrantes sin juicio previo. La ley tuvo como objetivo el control y la represión de la organización sindical de los/as trabajadores/as, expulsando principalmente a los/as anarquistas y socialistas. Otro ejemplo de segregación es la recepción de la inmigración sirio-libanesa, la cual, a pesar de no haber sido completamente segregada, sí contó con estereotipos y clasificaciones retrógradas como la de “bárbaros”, asimilándolos a pertenencias culturales menos legítimas como las indígenas, que hoy denominamos arabofobia.

Acompañando la exclusión cultural, la dimensión religiosa no estuvo ajena a la lógica discriminatoria en relación con la variabilidad de credos presentes en nuestro país. La religión Católica Apostólica Romana fue considerada la religión oficial de la nación argentina. Esto es claramente visible en el artículo 2 de la Constitución nacional y el artículo 33 del Código Civil, quedando en una situación privilegiada con relación al resto de las religiones (judía, musulmana, africanista, y las diversas cosmovisiones de los pueblos indígenas, entre otras).

El mito del “crisol de razas” se erige por sobre estos procesos como el símbolo normalizador y fortalecedor del ser nacional: ser parte del crisol implicaba poder despojarse de toda particularidad cultural para una asimilación total y homogeneizante de la nación argentina.

Aquello que no era asimilable según los parámetros racistas de la época, se segregaba (como a la comunidad judía o árabe), se deportaba (como a las corrientes contrahegemónicas socialistas y anarquistas venidas con la inmigración europea), se negaba e invisibilizada (como a los/as afrodescendientes) o se procuraba su aniquilación (como a los pueblos indígenas).

En virtud de lo antedicho, el denominado “crisol de razas” lejos de representar el principio de apertura y avance latente en aquella época, establecía una jerarquización entre las supuestas “razas”, segregando y aniquilando a las inferiores y demostrando un margen de asimilación estrecho para con las
superiores.

El racismo institucionalizado: casos históricos 6

En el siglo XX, el paradigma racista evolucionista se plasmó en diferentes modelos de dominación y aniquilación de la otredad. Brevemente, particularizaremos en dos momentos históricos en los que el racismo fue una política impartida desde las instituciones: el nazismo y el apartheid.

Nazismo

El Holocausto del la Alemania nazi fue la persecución y el asesinato sistemático de aproximadamente seis millones de personas por el gobierno nazi durante el período que va de 1933 a 1945. Su violencia institucionalizada llevó al extremo los discursos nacionalistas impartidos por Hitler que, inspirado en las ideas racistas de la época, promovió la purificación de la “raza aria” alemana a partir del exterminio físico de los Otros diferentes.

El pueblo judío fue el principal destinatario de esta política genocida. La idea de “raza aria” era una cuestión de transmisión sanguínea, hereditaria y era simbolizada como pura y superior, única heredera del “espíritu” alemán, con lo cual se interpretó como problema la coexistencia con otros pueblos. Además del pueblo judío fueron destinatarios de este genocidio el pueblo gitano (Rrom) y toda persona o grupo que desafiara de alguna manera el parámetro de “normalidad” religiosa, política o sexual germana: socialistas y comunistas, personas con discapacidades motrices, con trastornos de orden psíquico, con enfermedades o con orientaciones sexuales no hegemónicas, entre otras/os.

Al finalizar la segunda guerra mundial, se llevaron a cabo los juicios a los criminales de guerra nazi, conocidos como los Juicios de Nüremberg. En ellos se procesó a los líderes políticos, militares y económicos del Tercer Reich 7, capturados por las tropas aliadas. Al cerrarse este siniestro capítulo de la historia, se abrió una nueva etapa caracterizada por el compromiso de varios Estados de crear un marco jurídico internacional que defendiera los derechos humanos más elementales y que fueran reconocidos a nivel universal 8.

Apartheid

El Apartheid, cuyo significado literal es “separar” en lengua afrikáans, fue un sistema político de discriminación racial instaurado en Sudáfrica durante el período que va de 1948 hasta 1991. El sistema tuvo como objetivo la segregación política, social y cultural de la población negra 9 sudafricana. Es decir que se formó sobre la base de una diferenciación social basada en la clasificación de “razas humanas”. Se trató de un cercenamiento de derechos, con la promulgación de leyes que contemplaban para la población negra la imposibilidad de votar, transitar por territorios reservados a la población blanca, acceder a la educación universitaria y denegar la utilización de servicios públicos, entre otras medidas.

El 21 de Marzo de 1960 se reprimió violentamente a una manifestación de personas que protestaba contra el sistema de pass laws (leyes de pases) a través del cual se establecía un control acérrimo en el traslado de la población negra tanto en zonas urbanas como rurales. Esta represión se la conoce con el nombre de Masacre de Sharpville, ya que produjo el asesinato de 69 ciudadanos/as negros/as, la detención de 11.727 manifestantes y dejó un saldo de 180 heridos/as. En recuerdo a este episodio, en 1966 la Asamblea de las Naciones Unidas proclamó el 21 de Marzo como el Día Internacional de la Lucha contra el Racismo. Esta fecha conmemora la resistencia y valor del pueblo sudafricano que marchó en defensa de sus derechos sociales y civiles contra la violencia del Apartheid.

El proceso separatista suscitó la condena internacional e impulsó la creación de movimientos abolicionistas de resistencia y desobediencia pública formado por jóvenes militantes negros del Congreso Nacional Africano (ANC). El Apartheid tuvo su fin luego de 40 años de vigencia presionado por sanciones económicas insostenibles para el gobierno y la lucha imparable del Movimiento Negro en pos de la defensa de sus derechos como ciudadanos plenos. El 17 de junio de 1991 el Parlamento Sudafricano votó por unanimidad la derogación de las leyes del Apartheid, iniciando así una etapa de transición democrática que llevó por primera vez a la presidencia de la nación a un ciudadano negro, Nelson Mandela.

Ejemplo histórico de lucha antirracista: el Movimiento Negro

El Movimiento por los Derechos Civiles en Estados Unidos, también llamado “Movimiento Negro”, marcó el comienzo de una larga lucha antirracista de la población afrodescendiente en EEUU en pos de sus derechos sociales, políticos, económicos y culturales que repercutió a nivel mundial.

Habiendo padecido la estigmatización heredada de la esclavitud, en su surgimiento el movimiento planteó la necesidad de acciones firmes para terminar con el racismo a partir de una resistencia no violenta que concientizara a toda la población acerca de la importancia del acceso pleno a los derechos civiles y a la igualdad ante la ley. Este periodo de lucha se ubica principalmente entre los años 1950 y 1968, durante el cual las protestas, boicots y diferentes tipos de manifestaciones anti-segregacionistas se sitúan en primer plano y marcan el nacimiento de lideres activistas afroamericanas/os como Martín Luther King, Rosa Parks, Malcom X, Ella Baker, Septima Clark,
entre otros/as.

En este sentido, el Movimiento por los Derechos Civiles generó un importante impacto social. Sus líderes construyeron un espacio de poder político “no blanco” que identificó a sectores populares de diferentes grupos étnicos negados y discriminados por su origen. Expresiones como black is beauty (lo negro es bello) y Black Power (Poder Negro) alentaron la valorización de la ancestralidad africana, la autonomía social y la creación de diversas organizaciones afrodescendientes bajo el lema “orgullo negro” como concepto de identidad de matriz africana.

El legado histórico afro-estadounidense forma parte de la lucha mundial por el reconocimiento de los africanos y sus descendientes como ciudadanos/as plenos.

Las razas no existen

Raza es signo, y su único valor sociológico radica en su capacidad de significar. Por lo tanto, su sentido depende de una atribución, de una lectura socialmente compartida y de un contexto histórico y geográficamente delimitado.

Rita Segato, “Racismo, discriminación y acciones afirmativas“.

En la década del ‘70, con los avances en genética se pudo refutar científicamente la existencia de las razas humanas: las mayores diferencias genéticas se dan ya entre dos individuos de una misma familia lo que indica que las “diferencias raciales” son totalmente irrelevantes a nivel genético. Esto quiere decir que no existe algo parecido a subespecies humanas o razas, y por ello no debiera aplicarse a poblaciones humanas.

Así, se ha puesto en evidencia que la idea de “razas humanas” hace sólo referencia a una distinción cultural y política, y constituye un claro ejemplo de cómo se apeló argumentativamente a lo biológico para justificar una desigualdad social. Cabe destacar que, aun cuando el concepto de raza se haya vuelto obsoleto a nivel científico, sigue vigente en el imaginario social y en el sentido común, operando como factor discriminatorio.

Si hay una metáfora que podemos encontrar en la biología sobre la especie humana es la maravillosa variabilidad genética, producto de una larga historia de evolución donde la diversidad del intercambio y del mestizaje caracterizó la supervivencia, y donde la “pureza” a nivel genético habría asegurado nuestra extinción hace ya mucho tiempo.

Notas

1. Esta perspectiva se ve reforzada por los tratados internacionales que así lo vinculan, cuando al abordar el problema del racismo se incluye la nacionalidad junto a los rasgos físicos o culturales, es decir, como una forma posible de expresión del racismo. Ver especialmente la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación Racial-CERD.

2. Tomado de Van Dijk, 2007.

3. Eurocentrada, es decir, etnocéntrica, centrada en la cultura europea occidental.

4. La mayoría de estas sociedades, diezmada por la historia de racismo aquí relatada, ha sido reconocida como “pueblos indígenas” por el Estado nacional argentino en los años ‘80. Aunque sea correcta la denominación, al hablar de “pueblos indígenas” podemos acostumbrarnos a imaginar un conjunto más o menos homogéneo de sociedades indígenas. Para no caer en reduccionismos ni simplificaciones, es importante no perder de vista su inmensa diversidad cultural, que contempla historias sociales, creencias y modos de organización muy diferentes.

5. La complejidad de ambos hechos históricos exceden las posibilidades del presente cuadernillo y serán presentados a los acotados fines de ejemplificar los alcances que puede tener una ideología sobre la realidad de una sociedad.

6. “Reich alemán” se llamó a la Alemania expandida que intentaba incluir los territorios donde habitaban todas las personas de habla alemana, uno de los objetivos principales de Adolf Hitler. Ello se logró por un corto período de tiempo durante la Segunda Guerra Mundial.

7. Ver la Declaración Universal de los Derechos Humanos en el marco jurídico.

8. Se utiliza el término “negro” en este contexto histórico en particular en tanto responde por un lado a una necesidad de demarcar el grupo africano racializado, es decir, destinatario de la violencia racista; por otro lado, “negro” puede referir un uso político del término, una palabra resignificada como reivindicación antirracista, como en el caso del Movimiento Negro. Al respecto, dice Grimson (2011): “El término ‘negro’, como asimismo el de ‘raza’, adquiere sentido en una configuración es pecífica, del mismo modo que un signo tiene significado en un marco. Si una persona considerada ‘negra’ es trasladada de un marco cultural a otro, encontrará que en ese nuevo marco funciona otra clasificación social” (p. 218).

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